En una provincia de alto potencial agrícola como Ciego de Ávila y con centros de investigación de renombre, se supone que los resultados de la ciencia lleguen de manera expedita al campo y a las empresas, para luego traducirse en más y mejores producciones. Pero no siempre sucede así y, a veces, ciencia, tecnología e innovación son conceptos que se muerden la cola.

El tema no es nuevo, por más que en los últimos años hayamos asistido a un “redescubrimiento” de su papel en la economía y la sociedad, al mismo tiempo que se exteriorizaban trabas, impactos sin medir a cabalidad, investigaciones engavetadas, falta de disciplina tecnológica y financiamiento, y la disyuntiva de que quien produce puede ganar mucho más que el centro patentizador del resultado científico.

Entonces cambiar para bien ha sido casi obligación en un contexto en el que las empresas tienen mayor autonomía y sus directivos más facultades. De hecho, entre las medidas aprobadas para estimular el fortalecimiento de la empresa estatal socialista está la modificación del procedimiento para financiar las actividades de investigación, desarrollo e innovación, empleándose para estos fines las utilidades después de impuestos, por lo que se consideran una inversión y no gastos.

Muy diferente esto a lo que sucedía antes, por ejemplo, en 2018, cuando Invasor indagó sobre el tema y desde el Centro de Gestión e Información Tecnológica confirmaban que las entidades no buscaban ponerles ciencia a sus procesos productivos, desplegar la innovación o apropiarse de conocimiento para introducir nuevas tecnologías porque esos servicios se incluían dentro de los indicadores que atentaban contra el salario. Ahorrar para pagar más, al final, hipotecaba el desarrollo.

Quizás el ejemplo más loable en nuestro contexto sea la vinculación entre el Centro de Bioplantas, adscrito a la Universidad de Ciego de Ávila Máximo Gómez Báez, y la Empresa Agroindustrial Ceballos en la producción de vitroplantas para la diversificación del cultivo de la piña, sin embargo, desde ahí se apuesta por cerrar ciclos desde la investigación hasta la obtención y comercialización de los productos.

Así podemos mencionar otros empeños, entre ellos, el echar a andar un proyecto de desarrollo local este año que permitirá la elaboración de edulcorante natural a mayor escala a partir de la Stevia, así como té de manzanilla y de flor de Jamaica, mezclados también con este edulcorante, y minidosis de jalea de alto contenido de Vitamina C; todo esto en coordinación con la mediana empresa privada Media Luna.

La lista podría continuar con la empresa Cepil, que mereció el Premio Nacional a la Innovación Tecnológica 2020 por la introducción de nuevos productos y tecnologías en el moldeo por inyección de artículos para uso doméstico; y con el proyecto de desarrollo local Servicios Técnicos Especializados, Servtes, que ha desarrollado una iniciativa que pretende automatizar el proceso de riego en los campos cubanos, a través de un controlador que interpreta variables y a partir de ello ejecuta acciones.

Otro peso pesado de la industria avileña, en este caso Ciegoplast, también ha asumido letra y espíritu, por ejemplo, con la aplicación de un paquete de innovación tecnológica en su proceso productivo y organizacional, con un impacto económico de más de 800 000.00 pesos y garantizando la vitalidad de la entidad.

Sin embargo, no todas las potencialidades están reflejadas en los informes y los cambios llegan a cuenta gotas, cuando en realidad necesitamos un torrente en el que la ciencia tenga en cuenta a la economía y viceversa. Relación recíproca y horizontal indeleble hoy más que antes.

A la larga generalizar el conocimiento científico no puede ser más difícil que lograrlo y hemos comprobado de la peor manera que la desconexión entre la academia, la empresa y los centros de producción de conocimiento científico se paga caro. No habrá segundas oportunidades para hacerlo mejor. (Tomado de la página en Facebook del Centro de Bioplantas).

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