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Cuando terminaba 2021 y veíamos que 500 empresas en Cuba cerraban el año con números rojos algunos pensamos, escribimos o dijimos que ojalá fuese 2022 el calendario en que solucionáramos las incongruencias, ya fuera en la macro o en la microeconomía, para que las cuentas sí den y despeguen verdaderamente las fuerzas productivas.

Destrabar las fuerzas productivas, dinamizar la economía y dar autonomía a la empresa estatal socialista son propósitos de la dirección del país.

Sin embargo, los resultados evidencian una brecha entre lo que se orienta y lo que en realidad se concreta en el empresariado cubano.

Partamos de una premisa: la empresa estatal constituye el principal motor de la economía cubana, lo cual está bien explicado en los fundamentos económicos de la Constitución de la República. Entendamos también que debe hacerlo agredida y fuertemente golpeada por las condiciones actuales de la economía cubana, transversalizada por el impacto del recrudecido bloqueo, las trabas internas que persisten (no pocas), la falta de creatividad de los empresarios y los frenos a aquellos que sí son creativos, y hoy son solo adelantados a su tiempo, a veces incomprendidos.

Esto último lleva a que, para otros, resulte más fácil evitar buscarse problemas y esperar indicaciones que luchar contra los molinos, el viento o la marea. Subyace el imovilismo en la toma de decisiones debido a que puedan ser cuestionados por los órganos de control o por las estructuras superiores. Por tanto, los números rojos se «apuntalan» en la economía cubana.

A pesar de las medidas y más medidas para lograr la rentabilidad y la autonomía, lo triste es que muchas de las causas de esos números negativos no han variado de un calendario a otro. Continúan las cadenas de impagos, las utilidades excesivas generadas, fundamentalmente, a costa de los precios y no de más producción, los problemas de contratación, los pagos sin respaldo productivo…

Del saldo de 2022 es previsible que muchos repitan en la lista roja. Todavía quedan demasiados que, en lugar de buscar variantes, estudian justificaciones, para al final del año llenar un expediente de pérdidas; y las producciones de bienes y servicios que debieron llegar al pueblo quedan para el olvido o para que especuladores y abusadores aprovechen sus ausencias. El empresariado cubano tiene la misión de competir y ganar esta carrera.

Ahora bien, la competencia tiene que ser leal, en igualdad de condiciones, y no será así mientras haya flaquezas en el sistema de planificación, en la autodeterminación de los dineros, que no permiten trabajar con mayor disponibilidad financiera, la incorrecta utilización del certificado de liquidez (CL) como una doble moneda, las exigencias de proveedores del pago de un porciento en mlc a entidades que no la generan y que no tienen dentro de su objeto social principal obtenerla, condenándolas doblemente; así como la constante variabilidad de los precios de las materias primas y los insumos.

Se impone pensar una reestructuración del sistema empresarial –ya lo ha demostrado la ciencia– que elimine estructuras que no aporten, dé verdadera autonomía de gestión para definir proveedores, clientes, precios, salarios, descentralización de la liquidez, que garantice relaciones transparentes y legítimas entre todos los actores, y que elimine limitaciones del sistema bancario que impiden el eficaz acompañamiento de las empresas.

Urge erradicar las contradicciones entre la política aprobada para destrabar la empresa estatal socialista y las trabas que surgen desde niveles intermedios. Que nuestros empresarios lo sean, dentro de la ley, obvio, pero sin mentalidades cerradas ni decisiones no ajustadas a los tiempos que corren y que constituyen obstáculos infranqueables, frenos productivos.

Los demás actores de nuestra economía son importantes, pero mientras la mayoría decida que los fundamentales medios de producción estén en manos del pueblo, es y será prioridad destrabar y potenciar el rol que debe jugar en la economía cubana la empresa estatal socialista.

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