Por: José Luis Perelló Cabrera

En la actualidad, es frecuente el discurso sobre el desarrollo local basado en el turismo y, como punto de partida, la premisa cierta de que son los territorios los principales protagonistas involucrados en la creatividad y la innovación encaminadas a la recuperación o concepción de proyectos de desarrollo económico, basados en las potencialidades del turismo.

En este sentido, resulta válido reconocer que la visión del desarrollo local reivindica la importancia de los pequeños y medianos emprendimientos del territorio como construcción social y representa lo que se ha dado en llamar endógeno al proceso de desarrollo, en particular del denominado turismo de pequeña escala.

En estos análisis, predomina un enfoque crítico frente al discurso hegemónico que ve en el turismo solo un factor de crecimiento económico y un elemento clave para el desarrollo, que contribuye a mejorar las condiciones de vida, pudiendo (o no) conservar la naturaleza y respetar la diversidad cultural.

En estos casos, los trabajos abordan tanto la problemática de la desigualdad social, como la cuestión medioambiental y cultural, mostrando cómo el desarrollo del turismo, en un marco de brutal competencia global y desregulación, tiende a generar y reproducir problemas, haciendo muy difícil la participación proactiva desde lo local, representada en estos casos por la municipalidad, entendida como una organización pública (gobierno) que se encarga de la administración local en un territorio jurídicamente determinado.

La gestión, comercialización y promoción institucionalizada del turismo comúnmente se caracteriza por una perspectiva reduccionista, que ve al turismo sólo como un sector de la economía y no como una industria compleja y fragmentaria que involucra a diversos agentes y que se asocia a la producción de condiciones económicas, sociales, ambientales y culturales concretas.

Ello implica que la gestión o administración del turismo sea un asunto estrictamente empresarial, de gestión de inversiones, planificación, organización y publicidad de recursos, donde se ignoran responsabilidades sociales, lo que habla de una perspectiva de la planificación y una jerarquización de prioridades en la gestión turística, ajenos a lo local y donde prevalecen solamente los intereses de carácter estrictamente económico.

Los grandes centros turísticos de sol y playa tradicionales, se han desarrollado según el modelo del turismo masivo, que en muchas ocasiones reflejan una falta de regulación y control que pueden inducir efectos indeseables. Por un lado, los flujos migratorios internos hacia estos lugares desatan patrones de crecimiento urbano ilegal y problemas de marginación social. Por otra parte, dichos centros no estimulan los vínculos sociales con las zonas aledañas o los encadenamientos productivos. Incluso aquellos proyectos turísticos basados en modelos de desarrollo sustentable o turismo ecológico, muy comunes en todo el Caribe, han repetido esquemas de crecimiento acelerado y generan nuevos problemas medioambientales, lo que da pauta a la sospecha de que tales modelos no muestran cambios sustanciales en beneficio de las sociedades locales y su entorno, sino que se basan en la retórica del discurso hegemónico, en que el término sustentable, que se ha convertido en una palabra de moda que se aplica a cualquier contenido o actividad.

La concepción del desarrollo local se utiliza en el razonamiento de la actividad turística de pequeña escala porque se ajusta a la visión del turismo como actividad compleja y permite integrar la planificación de los territorios de alta significación turística, con el objetivo de lograr el desarrollo integral local y mejorar la calidad de vida de las comunidades residentes.

El turismo, por sí solo, no desarrolla ningún territorio, pero puede contribuir al desarrollo local si se concibe como un instrumento de inclusión, de encadenamientos y dinamización social, ambiental y económica de un territorio.

Numerosas experiencias y buenas prácticas han demostrado que el sector turismo promueve la creación de empleo, la innovación y generación de nuevas actividades productivas, contribuyendo a la cohesión social de las comunidades en aras del desarrollo y a reforzar la identidad y sentido de pertenencia de sus pobladores.

Sobre este tema, resulta destacado como experiencia de buenas prácticas el proyecto de  Desarrollo Local Pintura Mural en Homenaje al escritor Ernest Hemingway, en Cojímar, La Habana, que actualmente se incluye en los recorridos turísticos desde la capital y ha recibido premios y reconocimientos internacionales por su desempeño.

En este espacio geoturístico, confluyen armónicamente conceptos ambientales, históricos, artísticos y estéticos que, respetando las regulaciones urbanísticas, rescata el patrimonio histórico de la comunidad en uno de sus lugares más concurridos por visitantes nacionales e internacionales.

Hay que tener presente que el turismo, como impulsor de desarrollo local, no debe incentivar las importaciones, ni suponer la implantación de nuevas relaciones sociales, nuevos valores culturales o nuevas costumbres ajenas a la comunidad.

Para lograr un desarrollo turístico equilibrado y sostenible se requiere que el basamento social y cultural previo de la comunidad oriente e impregne la concepción de los proyectos y la ejecución de los productos turísticos.

Cada comunidad asentada en un territorio se identifica en su cultura, entendida ésta como el conjunto de la experiencia pasada. La cultura es el residuo acumulativo de todo lo que se ha asimilado, comprendido e integrado en el pasado y que se convierte en un elemento diferenciador en la percepción actual del mundo anterior.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

1 × 1 =